Respiro, y mi aliento caliente cae, cae sobre mi rostro, es como si las paredes se encontrasen a tan solo un centímetro de mi piel, como estar enterrado vivo, creo que las paredes también respiran, y lo hacen sobre mi, puedo sentir su aliento. Soy una tumba, estoy tan enterrado dentro de mi mente como mi cuerpo lo está en la maloliente sala de curas, y no hay más luz dentro que fuera de mi, ni más dolor, ni más miedo. Y mi aliento, de nuevo, me cae sobre la cara, me falta el aire, me falta espacio para poder respirar, las vendas me oprimen el pecho, son como un yugo sobre mi, como si la muerte estuviera sentada sobre mis pulmones. A veces Almudena me pasa un paño de agua fría por la frente. Eso me alivia, me da luz, pero no me libera. "Jonás", me dice, "vamos, Jonás, tienes que salir fuera a ver el sol, hace un día precioso..." y se va, y me deja de nuevo en penumbra. Almudena ya no tiene tanto tiempo para mi, "hay mucho trabajo", me dice, "cada vez más heridos, cada vez más muertos", y Almudena va perdiendo su color de Ángel para venir, junto a mi cama, con el rostro pálido y las manchas de sangre fresca sobre su ropa, para decirme "Jonás, Jonás, no sabes cuanto envidio tu olvido, ojalá y cada noche pudiera yo olvidar", y se marcha, de nuevo, ajetreada, de un lado para otro, y yo tan solo puedo verla bajo la luz que se deja atrapar en su cabello, cada vez más pálido, cada vez más sangre.
Le he preguntado por que me llama Jonás, quizá ella sepa algo sobre mi. Me ha mirado, con lástima, sus ojos son lástima azul, lástima azul cansada. "Por que estás aquí dentro atrapado, como todos", y señala hacia el techo, "está será tu ballena, es la prueba que Dios te pone, solo que tu, además, también estás atrapado en ti mismo, en tu memoria, Jonás"... y se marcha de nuevo.
A veces tirito, "es la fiebre", me dice, yo creo que es el miedo, el vacío me da miedo y todo a mi alrededor está vacío. Los paños fríos se espacian cada vez más, y en la duermevela pierdo el sentido del tiempo. Me cuesta tanto pensar como respirar, y también me duele, mucho. La fiebre me ha dejado famélico, tengo llagados mis labios y entumecidas las piernas, y todavía no se ni quien soy ni donde estoy. Mis recuerdos nacen del dolor de mi pecho, de mi brazo, las vendas me cubren y no me dejan adivinar nada sobre mi. Quizá esté muerto. Si existe un infierno seguro que es este. Cuando puedo distinguir algo entre las sombras veo a otros, no están mejor que yo. Algunos me miran desde sus ojos muertos un instante antes de que los cubran con una sábana. "Otro", siempre son otros, yo podría ser un "otro", no se por que estoy vivo, y no estoy seguro ni de estarlo ni de querer estarlo. Todas las miradas están vacías, todas.
No reconozco el sitio donde estoy, ni el tono de mi propia voz. "Cuando te baje un poco la inflamación te pongo un espejo para que te veas", me dice Almudena, "verás tu como así te vas recordando, que eres buen mozo y bien parecido. Ahora descansa Jonas, que si todo lo que se oye por ahí es verdad ya tendrás tiempo de luchas", y se marcha, y me deja con la cabeza girando en una espiral vacía en la que ni el eco de recuerdos tengo. El techo es abovedado, como de una cueva, pero con ladrillos enrojecidos no se si de la poca luz que aciertan a dar las dos bombillas que tildan continuamente o del reflejo de las miradas perdidas de los enfermos. A veces escucho gritos, otras lamentos, y no puedo dejar de llorar cada vez que pienso que he perdido una vida entera y la tengo enterrada en mi mente. Veo demonios, "es la fiebre", "no Almudena, son demonios que me vienen a por mi, que dicen que me he escapado y que tengo que volver" , "tranquilo, Jonás, ahora duerme que falta te va a hacer, falta nos va a hacer a todos", y se marcha de nuevo, y me deja con los demonios que me acusan de querer huir, no se de donde, ni hacia donde, ensangrentados, malolientes. A veces me dejan dormir, pero enseguida me despiertan mordiéndome en los brazos y el cuello, "metralla, Jonás, que te llegó mucha metralla y te duele", pero yo se que no es metralla, son los demonios que se divierten torturándome y mordiéndome los brazos y el cuello.
Al tercer día mi camastro es ocupado por alguien que lo necesita más que yo. Me llevan en una camilla, dos jóvenes, de uniforme. Están cansados y asustados, puedo verlo en sus ojos, tienen polvo sobre sus trajes y huelen a sudor y lágrimas. "Llévenlo a una sala de curas", y en mil dolorosos balanceos atravesamos pasillos lóbregos, poblados de ecos. Hay un murmullo de gente en la sala en la que me dejan caer. "Otro", "míralo, este tampoco pasa de esta noche", "no querrá Dios más de nosotros, no querrá Dios más". Me duermo, aunque los demonios vuelven ahora ya no me muerden, se sientan sobre mi pecho, respiran sobre mi rostro y juegan a la baraja, mi vida, mi alma, creo que ese es el premio de la partida, y yo soy tan solo el tapete sucio y mugriento sobre el que juegan.
Dolores recela de mi. Ahora que Almudena ya no viene más que de vez en cuando a verme estoy al cuidado de Dolores. Es dura, como la pared de ladrillo y piedra. Tiene la mirada dura, la sonrisa dura, es una roca de mujer, y recela de mi. La descubro muchas veces mirándome desde otros puntos de la sala desconfiando "nadie es lo que dice ser, y menos si dice no ser nadie, Almudena, no confíes, no quiera Dios sea este uno de los otros...", "déjate de zarandajas, Dolores ¿no ves como está el pobre, si casi no puede respirar de las costillas que tiene rotas, anda, sea de los que sea, es un hombre, y tiene buena la mirada, que lo se", y me sonríe, como si yo no pudiera entender lo que hablan, como si este vacío de mi memoria fuese también un agujero en mi entendimiento, pero las entiendo, comprendo su miedo, por que yo mismo tengo miedo de mi, de saber que o quien soy y que hago aquí, roto por dentro y olvidado, "aquí hay mucha gente de muchos sitios, Dolores, no puedes desconfiar de todos", "Almudena, que cándida eres, hija, que cándida eres...", y se van, revolotean entre los enfermos... entre los heridos, no es enfermedad lo que nos aqueja, son heridas, son miembros que se amputan, rostros que se queman, son balas que rompen a gentes... pero no se si, fuera de estos muros, es una guerra lo que me espera, nada me dicen, los demás, los que pueden, tampoco hablan, solo susurran, y los susurros se me escapan como mis recuerdos, pero el miedo, como una bruma oscura, está en la mirada de todos, rodeándonos, se posa sobre mi pecho y no me deja respirar, es miedo el demonio que me persigue. Dolores dice que tenemos todos que rezar, y la gente se funde en un murmullo, yo cierro los ojos, si lo único que nos queda es rezar prefiero cerrar los ojos.
Tomás acaba de llegar. Es joven, pero tiene la mirada herida. Su mano derecha no deja de temblequear, "es que... que... que... de mozo caí de alto, y me tiene el ba... ba... baile de San Vito...", Tomas es un hombre bueno, se le ve en la cara, arrugada, quemado por el sol del olivar que cuida, que cuidaba, "cuando sal...sal...sal... cuando salgamos tie... tienes que probar el aceite, Jo... Jo...." y se olvida de seguir, se le queda en la mirada prendida la pena, cuando habla de la almazara, yo creo que huele a aceite cada vez que Tomas habla de sus olivos, cada vez que se escapa de su temblor. "De cuando vareaba los olivos con su padre le viene el golpe, bien pequeño que era", Dolores lo conoce, son de pueblos vecinos, Arges, Cobisa, nombres que me son tan extraños como el mío propio, "se le abrió toda la cabeza, que del susto a su madre se le cortó la sangre, le metieron los sesos y Don Cosme le puso dos tablas con un cordel para que no se le abriera la cabeza como un melón, pero no quedó bien el mozo, no quedó bien el Tomasico", pero Tomas no la escucha, parece absorto, denso como el aceite, sonrie triste, con la tristeza del que no entiende el mundo que le rodea, y, a veces, de la boca le cuelga un hilo de inocente baba que lo impregna todo de una ternura que está fuera de lugar en este infierno oscuro. Ya no hay más luz que las de las lámparas de aceite. Tomas dice "han cortado los clabes, los de fuera", y nos han dejado a oscuras, con el miedo que se crece entre las paredes húmedas de este sitio, de este tumulo funerario anticipado en el que me ahogo en dolor. Almudena solo viene a sentarse a mi lado, me toma la mano, me besa la frente pero no habla, no hace falta, noto en su mano su cansancio, su tristeza, su miedo. Yo quiero mirarla pero no la puedo ver, solo el angel que la envuelve, es lo único que veo, será la fiebre, pero es la única imagen que espanta los demonios que me rodean.