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Terra
La Coctelera

Viernes 24 de Julio

Respiro, y mi aliento caliente cae, cae sobre mi rostro, es como si las paredes se encontrasen a tan solo un centímetro de mi piel, como estar enterrado vivo, creo que las paredes también respiran, y lo hacen sobre mi, puedo sentir su aliento. Soy una tumba, estoy tan enterrado dentro de mi mente como mi cuerpo lo está en la maloliente sala de curas, y no hay más luz dentro que fuera de mi, ni más dolor, ni más miedo. Y mi aliento, de nuevo, me cae sobre la cara, me falta el aire, me falta espacio para poder respirar, las vendas me oprimen el pecho, son como un yugo sobre mi, como si la muerte estuviera sentada sobre mis pulmones. A veces Almudena me pasa un paño de agua fría por la frente. Eso me alivia, me da luz, pero no me libera. "Jonás", me dice, "vamos, Jonás, tienes que salir fuera a ver el sol, hace un día precioso..." y se va, y me deja de nuevo en penumbra. Almudena ya no tiene tanto tiempo para mi, "hay mucho trabajo", me dice, "cada vez más heridos, cada vez más muertos", y Almudena va perdiendo su color de Ángel para venir, junto a mi cama, con el rostro pálido y las manchas de sangre fresca sobre su ropa, para decirme "Jonás, Jonás, no sabes cuanto envidio tu olvido, ojalá y cada noche pudiera yo olvidar", y se marcha, de nuevo, ajetreada, de un lado para otro, y yo tan solo puedo verla bajo la luz que se deja atrapar en su cabello, cada vez más pálido, cada vez más sangre.

Le he preguntado por que me llama Jonás, quizá ella sepa algo sobre mi. Me ha mirado, con lástima, sus ojos son lástima azul, lástima azul cansada. "Por que estás aquí dentro atrapado, como todos", y señala hacia el techo, "está será tu ballena, es la prueba que Dios te pone, solo que tu, además, también estás atrapado en ti mismo, en tu memoria, Jonás"... y se marcha de nuevo.

A veces tirito, "es la fiebre", me dice, yo creo que es el miedo, el vacío me da miedo y todo a mi alrededor está vacío. Los paños fríos se espacian cada vez más, y en la duermevela pierdo el sentido del tiempo. Me cuesta tanto pensar como respirar, y también me duele, mucho. La fiebre me ha dejado famélico, tengo llagados mis labios y entumecidas las piernas, y todavía no se ni quien soy ni donde estoy. Mis recuerdos nacen del dolor de mi pecho, de mi brazo, las vendas me cubren y no me dejan adivinar nada sobre mi. Quizá esté muerto. Si existe un infierno seguro que es este. Cuando puedo distinguir algo entre las sombras veo a otros, no están mejor que yo. Algunos me miran desde sus ojos muertos un instante antes de que los cubran con una sábana. "Otro", siempre son otros, yo podría ser un "otro", no se por que estoy vivo, y no estoy seguro ni de estarlo ni de querer estarlo. Todas las miradas están vacías, todas.

No reconozco el sitio donde estoy, ni el tono de mi propia voz. "Cuando te baje un poco la inflamación te pongo un espejo para que te veas", me dice Almudena, "verás tu como así te vas recordando, que eres buen mozo y bien parecido. Ahora descansa Jonas, que si todo lo que se oye por ahí es verdad ya tendrás tiempo de luchas", y se marcha, y me deja con la cabeza girando en una espiral vacía en la que ni el eco de recuerdos tengo. El techo es abovedado, como de una cueva, pero con ladrillos enrojecidos no se si de la poca luz que aciertan a dar las dos bombillas que tildan continuamente o del reflejo de las miradas perdidas de los enfermos. A veces escucho gritos, otras lamentos, y no puedo dejar de llorar cada vez que pienso que he perdido una vida entera y la tengo enterrada en mi mente. Veo demonios, "es la fiebre", "no Almudena, son demonios que me vienen a por mi, que dicen que me he escapado y que tengo que volver" , "tranquilo, Jonás, ahora duerme que falta te va a hacer, falta nos va a hacer a todos", y se marcha de nuevo, y me deja con los demonios que me acusan de querer huir, no se de donde, ni hacia donde, ensangrentados, malolientes. A veces me dejan dormir, pero enseguida me despiertan mordiéndome en los brazos y el cuello, "metralla, Jonás, que te llegó mucha metralla y te duele", pero yo se que no es metralla, son los demonios que se divierten torturándome y mordiéndome los brazos y el cuello.

Al tercer día mi camastro es ocupado por alguien que lo necesita más que yo. Me llevan en una camilla, dos jóvenes, de uniforme. Están cansados y asustados, puedo verlo en sus ojos, tienen polvo sobre sus trajes y huelen a sudor y lágrimas. "Llévenlo a una sala de curas", y en mil dolorosos balanceos atravesamos pasillos lóbregos, poblados de ecos. Hay un murmullo de gente en la sala en la que me dejan caer. "Otro", "míralo, este tampoco pasa de esta noche", "no querrá Dios más de nosotros, no querrá Dios más". Me duermo, aunque los demonios vuelven ahora ya no me muerden, se sientan sobre mi pecho, respiran sobre mi rostro y juegan a la baraja, mi vida, mi alma, creo que ese es el premio de la partida, y yo soy tan solo el tapete sucio y mugriento sobre el que juegan.

Dolores recela de mi. Ahora que Almudena ya no viene más que de vez en cuando a verme estoy al cuidado de Dolores. Es dura, como la pared de ladrillo y piedra. Tiene la mirada dura, la sonrisa dura, es una roca de mujer, y recela de mi. La descubro muchas veces mirándome desde otros puntos de la sala desconfiando "nadie es lo que dice ser, y menos si dice no ser nadie, Almudena, no confíes, no quiera Dios sea este uno de los otros...", "déjate de zarandajas, Dolores ¿no ves como está el pobre, si casi no puede respirar de las costillas que tiene rotas, anda, sea de los que sea, es un hombre, y tiene buena la mirada, que lo se", y me sonríe, como si yo no pudiera entender lo que hablan, como si este vacío de mi memoria fuese también un agujero en mi entendimiento, pero las entiendo, comprendo su miedo, por que yo mismo tengo miedo de mi, de saber que o quien soy y que hago aquí, roto por dentro y olvidado, "aquí hay mucha gente de muchos sitios, Dolores, no puedes desconfiar de todos", "Almudena, que cándida eres, hija, que cándida eres...", y se van, revolotean entre los enfermos... entre los heridos, no es enfermedad lo que nos aqueja, son heridas, son miembros que se amputan, rostros que se queman, son balas que rompen a gentes... pero no se si, fuera de estos muros, es una guerra lo que me espera, nada me dicen, los demás, los que pueden, tampoco hablan, solo susurran, y los susurros se me escapan como mis recuerdos, pero el miedo, como una bruma oscura, está en la mirada de todos, rodeándonos, se posa sobre mi pecho y no me deja respirar, es miedo el demonio que me persigue. Dolores dice que tenemos todos que rezar, y la gente se funde en un murmullo, yo cierro los ojos, si lo único que nos queda es rezar prefiero cerrar los ojos.

Tomás acaba de llegar. Es joven, pero tiene la mirada herida. Su mano derecha no deja de temblequear, "es que... que... que... de mozo caí de alto, y me tiene el ba... ba... baile de San Vito...", Tomas es un hombre bueno, se le ve en la cara, arrugada, quemado por el sol del olivar que cuida, que cuidaba, "cuando sal...sal...sal... cuando salgamos tie... tienes que probar el aceite, Jo... Jo...." y se olvida de seguir, se le queda en la mirada prendida la pena, cuando habla de la almazara, yo creo que huele a aceite cada vez que Tomas habla de sus olivos, cada vez que se escapa de su temblor. "De cuando vareaba los olivos con su padre le viene el golpe, bien pequeño que era", Dolores lo conoce, son de pueblos vecinos, Arges, Cobisa, nombres que me son tan extraños como el mío propio, "se le abrió toda la cabeza, que del susto a su madre se le cortó la sangre, le metieron los sesos y Don Cosme le puso dos tablas con un cordel para que no se le abriera la cabeza como un melón, pero no quedó bien el mozo, no quedó bien el Tomasico", pero Tomas no la escucha, parece absorto, denso como el aceite, sonrie triste, con la tristeza del que no entiende el mundo que le rodea, y, a veces, de la boca le cuelga un hilo de inocente baba que lo impregna todo de una ternura que está fuera de lugar en este infierno oscuro. Ya no hay más luz que las de las lámparas de aceite. Tomas dice "han cortado los clabes, los de fuera", y nos han dejado a oscuras, con el miedo que se crece entre las paredes húmedas de este sitio, de este tumulo funerario anticipado en el que me ahogo en dolor. Almudena solo viene a sentarse a mi lado, me toma la mano, me besa la frente pero no habla, no hace falta, noto en su mano su cansancio, su tristeza, su miedo. Yo quiero mirarla pero no la puedo ver, solo el angel que la envuelve, es lo único que veo, será la fiebre, pero es la única imagen que espanta los demonios que me rodean.

Jueves, 23 de Julio

Nada, no puedo ver nada. Los pulmones me arden, es como si respirara azufre, tengo la boca seca, llena de polvo, el mismo polvo que no me deja ver, ni respirar, la misma negrura que tengo en la cabeza. No oigo nada, solo un chirrido, un pitido que va aumentando, desde abajo, desde el centro de mi cerebro, como si una cuña de acero arañara una plancha de metal. Duele, todo, sobre mi cientos de rocas, restos de pared, sobre mi, quizá dentro de mi, palpita un haz de luz, una luz que lucha por salir del polvo, a bocanadas, como yo, y cada vez el pitido es más intenso, tanto que duele, que pesa. Hay algo a mi lado, alguien, está perdiendo el calor, se me muere al lado, lo sostengo en mi mano izquierda, lo tengo sujeto, pero es un muñeco de trapo, roto, jirones, no es más ya que un resto de pared, como las piedras que me aprisionan el pecho y no me dejan respirar, ellas también me roban el calor. Estoy tosiendo, es sangre, seguro, me cae por el labio seco, he gritado, pero no he escuchado mi grito, ni tan siquiera mi grito, ha sonado solo dentro de mi, dentro de mi cabeza, un eco, y el chirrido que no cesa. El polvo va cayendo sobre mi, ¿será esta mi mortaja?, sobre todo lo que me rodea, quizá marca el polvoriento camino que me ha llevado aquí, sea cual sea este sitio donde la muerte me ha encontrado. Ahora puedo ver algo, hay alguien a mi lado, tiene los ojos abiertos, y la mirada perdida, muerta, la mirada tan muerta como él, como la mano que tengo sobre mi mano y que se enfría, el polvo le llena la mirada de una gasa fina, el velo que le dará sepultura será el mismo que a mi me cubrirá en breve.

Intento zafarme de la pared que me aprisiona, ha caído sobre mi. Lo único seguro es el dolor, el único recuerdo que flota sobre mi, me siento roto, no puedo escapar, recuerdo una tremenda explosión, el dolor, y el silencio, un silencio que se está transformando por momentos en un silbido insoportable. Más sangre sobre mi boca, de nuevo mis pulmones se han negado a respirar más polvo, creo que todo esta cayendo a negro de nuevo. Silencio. Que paz. Por fin paz.

Me despierta una sensación fresca sobre mi rostro. Abro los ojos, y no veo nada, no puedo ver nada, quizá la arena y el polvo han cegado mis ojos como ciega está mi memoria, como ciegos están mis oídos, no puedo escuchar nada, solo mi corazón, que retumba sobre mi cabeza, como si por mis sienes corriera acero candente en lugar de sangre, sangre, mi lengua recorre mis labios y ya no los encuentra secos, de repente luz, tenue, se derrama desde una bombilla que cuelga del techo, a veces parece como si fuera a apagarse, tilda, pero de nuevo ilumina la sala, la enfermería. El camastro sobre el que estoy tendido es cómodo, es una sensación de la que no tenía recuerdo, la comodidad de una cama bajo mi dolorida espalda, en realidad no tengo ningún recuerdo. No se donde me encuentro. He de hacérselo saber a alguien, pero no puedo hablar, o al menos, cuando lo hago, solo yo me escucho, dentro, en mi cabeza. Puedo sentir el gruñido de los muelles cada vez que me muevo sobre el camastro, pero no puedo escucharlos, alguien me coge de la cara, dos manos suaves me giran hasta ver un rostro demasiado hermoso, de piel blanca, suave. Es Almudena, la enfermera, me está hablando pero no puedo escucharla. Tiene un paño húmedo sobre su regazo, está sentada al borde de mi cama, y me habla. Sacudo la cabeza, le intento decir que no puedo escucharla, pero un acceso de tos me llena el pecho de astillas, me rompe por la cintura y me levanto como un resorte, ella me sostiene, me tapa la sorda tos que me invade y limpia la sangre que, de nuevo, rubrica mis labios. Ella asiente, con una sonrisa, tampoco tengo recuerdos de sonrisas, ninguna tan hermosa como aquella, no creo que haya visto nunca una sonrisa como la de Almudena. Me empuja la cabeza hacia atrás, creo entender en sus labios un consejo, "tienes que dormir, descansa", quizá haya dicho otra cosa, pero me cierra los ojos con la palma de sus manos, seguro que lo ha tenido que hacer otras muchas veces sobre otros muchos ojos, unos muertos, otros vivos, intento cogerle la mano, pero mi brazo derecho está completamente vendado, responde con dolor al movimiento, lo dejo quieto, me dejo caer, de nuevo a negro. Almudena. Ese debe ser su nombre, va bordado con un hermoso hilo bermellón sobre el bolsillo de su bata. Seguro que fue una bata blanca algún día, ahora no hay blancos, no quedan colores en mi memoria, solo tengo grises de polvo y rocas que me llenan los sueños de dolor y que se caen sobre mi, como la sangre sobre mis labios cada vez que la tos me fustiga.

Me despierto de nuevo con la misma sensación de miedo, estoy atrapado, quizá todos lo estemos. Ahora estoy solo, el chirrido ha disminuido y comienzo a escuchar vida en los rincones de la oscuridad que el filamento enrojecido de la bombilla no es capaz de iluminar. Alguien está llorando cerca de mi, quizá sea yo mismo, sea quién sea yo mismo, que ni mi nombre puedo recordar, ni mi rostro, tengo lleno de polvo el recuerdo más liviano, entre telarañas y brumas cualquier resquicio de lo que soy o he sido, es como si tan solo viviera en presente, en ahora, si es que el dolor que me agota es vida. Intento quedarme quieto, me deja de lado el bombeo en mi cabeza si no me revuelvo sobre el camastro, y cada vez son más nítidos los susurros que confiesan a mi lado miedos, llantos y quejidos. Algunos hablan, puedo escucharlos desde mi oscuridad.

- Han pedido la munición, pero el Coronel los ha estado mareando dos días. Creo que al final han mandado cuarenta camiones desde Madrid, por eso nos hemos venido para acá, cuando lleguen ya va a estar muy claro de que lado está, y como Madrid, Guadalajara, Cuenca y Ciudad Real siguen fieles, nos hemos quedado en medio de la nada. Así que si no llegan pronto a tomar Madrid no se yo lo que vamos a poder resistir.

- Algunos dicen que van a saltar desde la ventana de la primera planta. Han traído a muchos engañaos. A nosotros nos dijeron que nos preparáramos, que nos íbamos a la Academia a detener a todos los cadetes, que eran fascistas, y que iban a apoyar el levantamiento, así que nos hemos llegao a la academia, y de allí nos han traído para el Alcázar, y nos han encerrao en los sótanos. Muchos dicen que se van a quedar, que son soldaos y cumplen órdenes, pero más de uno se ha hecho un puño del corazón y va a saltar para bajar a Toledo.

- De todos modos – otra voz, más fina que las anteriores, quizá se ha unido a la conversación desde otro sitio de la sala. Hablan en susurros, se palpa el miedo, yo también lo tengo, es mi único recuerdo, el miedo, quizá el mismo que ellos, quizá el contrario, no lo se- esto no puede durar mucho, el coronel tiene a la familia en Toledo, y me digo yo que, si esto fuese a ir a mayores se habría traído a sus hijos, que dos me cuento yo que tiene viviendo aquí en Toledo.

- No digan tonterías – esta voz es mas grave – esto se va a poner más que serio. Piensen ustedes – se le pinta en la voz un acento del sur, como a olivares, como a algodón – que aquí hay cartuchos pa una guerra si guerra hubiera, y si la hay, que no lo quiera Dios, aquí está la fuente de la que mana la munición pa ganarla, y no habrá quién no la quiera de su lao, que ustedes bien saben lo que cuesta y que no la hay en otro sitio como la hay aquí, ni Madrid ni Cuenca ni leches, no me sean siesos, que esto se va a poner más que serio. Y lo de escapar pa Toledo lo mismo les va a dar, que aquí, al menos, murallas nos protegen, pero ahí abajo, desde Zocodover, no se yo si más de un tiro no le espera al que lleve tricornio, se diga lo que se diga.

>> Me estaba yo prometiéndomelas felices, por que como sabéis Moscardó estaba el 18 en Madrid, que se iba a las olimpiadas, pero como se supo del levantamiento, se vino para Toledo. Que guerra va a haber, vamos, ha leído en el patio el Capitán Vela un parte en el que se declara el estado de guerra, y dicen que en Madrid, los que se han levantado en el cuartel de la montaña ya van a tener poco que decir en esto, que muertos y bien muertos los han dejao los rojos, que poco les pareció matar a Calvo Sotelo. Así que, me creo yo, lo único que tenemos ahora mismo son estas murallas, que mal que bien algo de parapeto nos dan, a buen seguro, y que al final lo que hay que hacer es mirar por la vida de uno, pues mejor dentro que fuera, que quieren ustedes que les diga, que yo hambre ya pasé en el pueblo y no me quiero ver como me he visto, para algo me ingresé yo en la Guardia Civil, pa tener de comer caliente.<<

Una voz de mujer, que me sabe a gloria, se deja caer desde la puerta – cállense, señores, que mejor se dejan las pláticas para mañana, tiempo van a tener para hablar, ahora descansen que falta les hace a ustedes y a los demás enfermos.

Todo vuelve de nuevo al silencio, roto por alguna tos aliñada de quejidos, y más de un sorberse las lágrimas que se deja estar sordo. Ahora ya no escucho el silbido, parece como si se hubiera alejado tanto que tengo que concentrarme mucho en el silencio para poder oírlo, además parece que la tos que me acosaba está también descansando. No puedo dejar de pensar en la conversación que acabo de escuchar. Guerra, hablan de una guerra, intento recordar algo, un mínimo detalle, un nombre, un rostro, pero nada, tengo cubiertos los recuerdos con una mortaja tan profunda que me impide penetrar en ellos. Ni siquiera recuerdo mi rostro, y eso me asusta, cuando regrese Almudena, si es que no fue un ángel que se me apareció del dolor que tenía, cuando regrese le pediré un espejo, quiero verme, quiero saber quién soy, mi nombre, quiero saber, al menos, que hago yo en medio de esta guerra que se está fraguando, que me ha traído a esta enfermería, cubierta con bóvedas de ladrillo anaranjado e iluminada a rachas por un par de bombillas que dan una luz tan fría como mis recuerdos. No se nada de mi antes de despertarme herido, es como si hubiese nacido en aquél sitio, rodeado de cascotes, mi brazo derecho está vendado, pero la venda no es nueva, ni tan siquiera está demasiado limpia, como si ya estuviera ahí antes de todo esto, mi mano izquierda es grande, pero mis dedos son delgados, mi ropa tampoco me da muchas pistas, está al lado del camastro, sobre una silla de anea, pero poco más queda de ella que jirones, no lleva ningún símbolo, ninguna insignia, nada, es como yo mismo, jirones de una persona, de un ser, restos inconexos sin un principio. Estoy demasiado nervioso para pensar con claridad, necesito dormir, seguramente, cuando despierte, mi mente estará más clara y todo habrá vuelto a la normalidad, sea cual sea. Pero no puedo dormir, no puedo dejar de pensar que, quizá, no despierte nunca a mi pasado, quizá ya no tenga otro recuerdo que esta noche, en la que he nacido o he muerto. Desde luego he nacido de nuevo, el polvo, las rocas, allí donde me han encontrado era una tumba para muchos, para mi ha sido volver a nacer, mejor dicho, nacer tan solo, por que no puedo recordar que yo estuviera vivo con anterioridad, por eso también he muerto, allí se han quedado mis recuerdos, mi vida anterior, mi nombre, mi familia, todo lo que, si alguna vez existió, yo debería llevar conmigo. Morir y nacer en el mismo momento, en tan solo un instante, morir al pasado, a los recuerdos que se han marchitado de repente, y nacer a una nueva vida, vacía, espeluznante, como si alguien me hubiera inventado sobre este camastro. Quizá todo esto no sea más que una pesadilla, quizá esté dormido bajo una higuera y alguien me despertará a mi vida anterior, si, a buen seguro esto es un sueño pesado, un sueño de una siesta en la que el calor te lleva a las pesadillas, pero el dolor es real, demasiado real como para estar en un sueño, todo es demasiado real, el olor a alcohol y a sangre de la sala, la boca todavía reseca del polvo, las heridas que comienzan a tirar de mi piel hacia atrás, es demasiado real, quizá la que fue un sueño era mi vida anterior y desperté, herido y vivo, bajo todas esas piedras, bajo el dolor del parto que me ha traído aquí.